Una celebración con desprecio

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Cada año, en junio, se realiza en Sutamarchán, Boyacá, la tomatina, que imita la fiesta que, con la misma cadencia, tiene lugar en Buñol, en Valencia, España.

Los organizadores se apresuran a declarar todas las veces (y lo seguirán haciendo) que para esa actividad se emplean tomates no aptos para el consumo humano. Cuando veo las fotos, me pregunto cuál es la razón por la que no se pueden emplear, si no en las ensaladas sí en salsas o similares, esas 15 toneladas de tomates empleadas en la batalla, que a precios de hoy en un supermercado en Bogotá, 2.500 pesos la libra, valen 75 millones de pesos.

Pero a pesar de esa declaración, que suena a “sabemos que está mal lo que hacemos y por eso tratamos de encontrar una justificación”, siempre me parece que en un país como Colombia, plagado de pobreza, la fiesta de la tomatina, cada tomatazo que va y cada tomatazo que viene, no es tanto una celebración de los cultivadores de esa hortaliza, ni el rescate de una tradición centenaria. Es simplemente un gesto de desprecio hacia tantas personas (muchos de ellas niños) a las que en este país no les alcanza para hacerse con las tres comidas diarias.

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