Si de verdad Petro quisiera

Hace tiempo vengo pensando en lo que quiero compartir con ustedes hoy, pasados casi tres meses desde cuando la Procuraduría anunció que ordenaba la destutición del Alcalde mayor de Bogotá, Gustavo Petro.

A estas alturas, está bastante aminorada la indignación inicial por el tamaño de una sanción que me pareció exagerada, en lo atinente a su inhabilitación por 15 años para participar en elecciones mas no en la suspensión de su cargo, en cuanto que considero que el Alcalde Petro ha dado continuas y reiteradas muestras de incompetencia administrativa.

Me pareció exagerada la sanción, reitero, y por eso pensé ingenuamente que Petro iba a liderar una serie de iniciativas que pudieran servir para demostrar el tamaño de la injusticia que se estaba cometiendo al dejarlo por fuera de las batallas electorales en los próximos tres lustros.

Imaginé que Petro iba a decir: Bueno me voy de acá, muy dolido por la destutición, pero no me importa tanto el tamaño de ese acto, que puede ser una estrategia de un funcionario cuestionado por aparentemente supeditar sus fallos a sus intereses ideológicos, sino que me interesa sobre todo que puedan consolidarse algunas de las más importantes políticas que he impulsado.

Imaginé que Petro armaría equipo y cuadraría el modo de tramitar una ley para modifica la Procuraduría, de manera que no se sigan sacando administrativamente a quienes fueron elegidos en elecciones. Imaginé que iba a dejar alguno de sus discípulos en la Alcaldía mientras que intentaba recuperarla con ese u otro pupilo, en una segunda elección.

Imaginé que con ese equipo de trabajo daría lugar a una fundación o a un centro de pensamiento que se comprometiera a sacar adelante en todos los rincones del país al menos tres de sus políticas e ideas fuerza: la recuperación de las cuencas hídricas, el reciclaje de las basuras y la inclusión de grupos minoritarios en la administración pública.

Imaginé que iba a pedir a cada uno de los que quisiera apoyar esas políticas, que según su caudal electoral podrían ser un poco más de un millón de ciudadanos, cinco mil pesos al año, para trabajar por esas políticas y a lo mejor otras pocas más, viables eso sí, con los más de cinco mil millones de pesos anuales que conseguiría, al modo de Al Gore. Incluso llegué a imaginar que me animaría a convencer a no pretistas para que apoyaran esa iniciativa.

Con eso, imaginé, Petro, el petrismo, iba a lograr la supervivencia de su movimiento progresista y, repito, de al menos tres de sus muy buenas y necesarias propuestas políticas.

Pero no, Petro decidió aferrarse a su silla de gobernante de Bogotá. Como cualquiera de esos políticos que nos tienen hastiados, no pensó en grande, en hacer escuela, en lograr que en toda Colombia se impulsaran esas propuestas (agua, reciclaje, inclusión de minorías). Se quedó alegando, pataleando como el niño al que le quitan su juguete. Diciendo que ahora sí era válida la opción de la revocatoria, que antes había tachado de antidemocrática. Se quedó lejos de la politica del amor que tanto pregonó.

Es como si ahora no quisiera nada de lo que dijo querer.

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